Hubo un tiempo en que para trabajar había que levantarse temprano, trasladarse a una oficina, checar tarjeta y esperar con resignación el viernes. Pero llegó la tecnología, después la pandemia de 2020 aceleró la transformación laboral y, de pronto, millones de personas descubrieron que podían trabajar sin pisar una oficina. ¡Hasta el tráfico perdió parte de su clientela! Y eso ya es algo de por sí formidable.
Hoy existen dos modalidades que suelen confundirse, pero que tienen diferencias importantes: los trabajadores remotos y los nómadas digitales.
Los primeros trabajan desde casa o desde un lugar fijo para una empresa o un cliente, sin necesidad de acudir a una oficina. Los segundos llevan esa libertad un paso más allá: trabajan mientras viajan, cambian de ciudad o incluso de país, siempre que tengan una computadora y una buena conexión a internet. En otras palabras, unos cambiaron la oficina por la sala de su casa y otros por una terraza frente al mar.
Un ejemplo interesante es Ponta do Sol, en la isla de Madeira, Portugal. Desde febrero de 2021, este pequeño poblado puso en marcha el proyecto Digital Nomads Madeira Islands, una iniciativa para atraer trabajadores digitales de distintas partes del mundo, ofreciéndoles espacios de trabajo, conexión a internet y una comunidad internacional. Al parecer, trabajar frente al Atlántico también puede ser una estrategia de desarrollo económico.
¿Cuáles son las ventajas? Para ambas modalidades, la flexibilidad, el ahorro de traslados, la posibilidad de organizar mejor el tiempo y, en muchos casos, una mayor convivencia familiar. Para los nómadas digitales se suma la oportunidad de conocer otras culturas, viajar y descubrir nuevos lugares sin interrumpir su actividad profesional.
Pero no todo es trabajar con una computadora frente a una playa paradisíaca. También existen desventajas: aislamiento, dificultad para separar la vida personal del trabajo, horarios que pueden convertirse en jornadas interminables y dependencia absoluta de internet. Porque basta con que falle el Wi-Fi para descubrir que el paraíso también tiene problemas de conectividad.
Los nómadas digitales, además, deben enfrentar gastos de traslado, alojamiento, seguros, trámites migratorios y diferencias fiscales. Y su llegada a ciertos destinos puede elevar los precios de la vivienda y generar tensiones con los habitantes locales. La propia OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) ha advertido sobre estos efectos en lugares que reciben grandes cantidades de trabajadores extranjeros.
Por su parte, el trabajador remoto puede disfrutar de mayor estabilidad, conservar su residencia, convivir con su familia y mantener una rutina más organizada. Sin embargo, tampoco está exento de las presiones laborales: algunos descubren que la oficina no desapareció, simplemente se instaló en el comedor y ahora comparte espacio con la cafetera.
La realidad es que no todos pueden elegir. La actividad profesional, la situación económica, las responsabilidades familiares y las condiciones laborales determinan quién puede trabajar desde cualquier lugar y quién necesita permanecer en un sitio fijo. No es lo mismo tener un empleo que permite viajar que tener una familia, hijos, compromisos y una vida que no cabe en una maleta.
Al final, ambas modalidades representan una transformación importante del mundo laboral. Sin embargo, conviene recordar que la libertad no consiste solamente en decidir desde dónde trabajar, sino también en tener tiempo para vivir.
Quizá el verdadero lujo de la modernidad no sea trabajar frente al mar, desde una montaña o desde una cafetería en París, sino poder cerrar la computadora al terminar la jornada y disfrutar de la vida sin sentir que debemos estar siempre disponibles.
Porque si la tecnología nos liberó de las cuatro paredes de una oficina, sería una pena terminar encerrados en una pantalla.
Gabo Murguía R