LA BELLE ÉPOQUE (2019)
En 1992, Fernando Trueba dirigió Belle Époque, una película española que conquistó el Óscar en 1994. Pero hoy quiero hablarles de otra La Belle Époque, la francesa de 2019, escrita y dirigida por Nicolas Bedos. Y aunque comparten el nombre, sus historias son completamente diferentes. Esta última me pareció extraordinaria, tanto por su guion como por la originalidad de su propuesta.
Es una aclamada comedia dramática con romance que sigue a Victor (Daniel Auteuil), un hombre de sesenta y tantos años, desilusionado de la vida moderna y atrapado en un matrimonio en crisis con Marianne (Fanny Ardant).
Su realidad da un vuelco cuando Antoine (Guillaume Canet), un brillante empresario, le ofrece un servicio bastante peculiar: una compañía capaz de reconstruir, mediante escenarios, actores, vestuario y ambientación histórica, cualquier época o momento que el cliente desee volver a vivir.
¡Así como lo leen! Puedes contratar una especie de película hecha a la medida de tus recuerdos, convertirte en el protagonista y revivir tus propias experiencias. Si esto no es una idea genial, me pregunto qué otra cosa podría serlo. No solamente por la posibilidad de regresar a los mejores momentos de nuestra vida, sino porque, comercialmente hablando, sería una empresa extraordinaria. ¡Imaginen el negocio! Aunque, pensándolo bien, habría que cobrar un extra por las escenas de reconciliación matrimonial y otro por borrar a los ex.
Victor decide aprovechar esta oportunidad para revivir la semana más memorable de su existencia: aquella en la que, cuarenta años atrás, conoció al gran amor de su vida en un café de Lyon. A partir de ahí comienza una experiencia fascinante que combina decorados teatrales, reconstrucción histórica y actuaciones que hacen posible que el pasado parezca estar ocurriendo nuevamente.
Pero aquí es donde Nicolas Bedos se luce como guionista. No solamente seguimos la historia de Victor, quien intenta recuperar la felicidad de aquel primer encuentro amoroso; también conocemos lo que sucede detrás de la representación, entre los actores y el equipo que están construyendo ese sueño. Y, como si no fuera suficiente, la propia vida sentimental de quienes participan en la producción termina mezclándose con la ficción.
Es decir, tenemos una película dentro de otra película, y una historia de amor que se desarrolla tanto frente a las cámaras como detrás de ellas. ¡Un verdadero enredo cinematográfico, pero de esos que uno agradece que no tengan que explicarle con un tutorial!
Los diálogos son extraordinarios y las situaciones están llenas de humor, nostalgia y reflexión. La película consigue que experimentemos las emociones de Victor y, al mismo tiempo, nos involucremos en la historia de quienes hacen posible su viaje al pasado. Todo está construido con una sensibilidad especial que te hace disfrutar, sonreír y hasta desear que existiera una empresa así para contratarla mañana mismo.
¿Me entretuvo? Sí. Toda la película me la pasé entretenido, disfrutando de las dos historias y de la manera en que se entrelazan.
¿Me dejó satisfecho como espectador, director y guionista? Sí, por supuesto.
En lo personal, me fascina esta clase de historias en las que la ficción se convierte en realidad y la realidad termina pareciendo ficción. Pero, sobre todo, me quedo con la idea de que todos tenemos una época dorada, un instante que quisiéramos detener para siempre. Y quizá por eso nos cuesta tanto aceptar que el tiempo no se puede rebobinar, aunque tengamos el mejor director, los mejores actores y todo el presupuesto del mundo.
Mi recomendación es que la vean. Se van a divertir bastante y, seguramente, terminarán imaginando qué momento de su vida elegirían para volver a vivirlo.
Aunque les dejo una advertencia: regresar al pasado puede ser maravilloso, pero no olviden que, si lo que buscan es recuperar un amor, quizá lo más difícil no sea reconstruir el escenario, sino conseguir que la otra persona vuelva a enamorarse de ustedes.
Porque al final, la nostalgia puede recrear perfectamente nuestros recuerdos, pero la felicidad no depende de volver a vivir el pasado, sino de aprender a disfrutar el presente.
Gabo Murguía R